22 de octubre de 2002
Universidad, empresa y feudalismo
Cuando, en el Renacimiento, se empezaron a poner en marcha los primeros ?estudios generales? en las ciudades, el poder económico todavía estaba en manos de los señores feudales, y los monasterios eran los verdaderos centros del saber. Con su concepción laica y abierta del mundo, las universidades pronto ganaron popularidad, y crecieron al mismo ritmo que los grandes centros urbanos. Los monasterios, anquilosados por siglos de pensamiento dogmático, fueron incapaces de leer las claves de los nuevos tiempos y fueron perdiendo toda su influencia.

Con el desarrollo del capitalismo, la universidad se convirtió en el mejor vivero de técnicos para las empresas. Universidad y empresa se daban la mano, la primera adaptando sus enseñanzas a las necesidades de las empresas, y la segunda pidiendo un título universitario para casi todo.

Sobre todo desde la Ilustración, los mejores intelectuales se convirtieron en profesores universitarios, creando el inmenso prestigio del que aún sigue viviendo la educación superior.

Pero, a principios del siglo XXI, la universidad es víctima de su origen medieval, con una jerarquía inmovilista y unos núcleos de poder aislados que no son capaces de adaptarse con la suficiente rapidez a los vertiginosos cambios de la sociedad. La empresa, libre totalmente de ataduras, innova rápidamente, cambia su plantilla, y optimiza mucho más los procesos por estar inmersa en un entorno competitivo. En cuanto a la información, que es lo que nos interesa aquí, la empresa actúa igualmente, con mucha más agilidad.

Mientras en las facultades se imparten materias excesivamente teóricas y muchas veces obsoletas porque la cátedra de esa asignatura es inamovible, en las empresas cualquier pérdida de tiempo puede llevar al desastre, y la innovación constante es una necesidad.

Tal vez la mayor muestra del anquilosamiento de la universidad sea el hecho de que sus alumnos necesiten ir a las empresas para poder formarse. Las prácticas en las empresas son un reclamo importante para las licenciaturas universitarias, cuando no muestran más que el fracaso de la institución para poder formar por sí misma a los futuros profesionales. El saber no está en las bibliotecas de las facultades, sino en las empresas. Pero las empresas todavía siguen demandando títulos universitarios, como una garantía de calidad de un empleado. Lo que no queda claro es cuánto tiempo tardaría un joven en formarse dentro de una empresa en lugar de ir a la universidad. Tal vez en dos años podría tener mejor productividad que cualquier titulado.

El error principal de la universidad actual es creer que sus profesores deben de vivir dentro de una guardería en donde no se les pida ni tan siquiera asistir a clase. La idea es que la investigación debe de ser inútil por definición, y que un investigador sólo puede rendir bien cuando vive fuera del mundo. Los casos de profesores de derecho o letras que no saben manejar un ordenador son representativos. El material de arrastre de la mayoría de licenciaturas hace que sólo una pequeña parte de las horas lectivas se dediquen a problemas del mundo real.

Por supuesto, el resultado es el desinterés de los alumnos, que en su mayoría admiten haberse desanimado tras su ingreso en la universidad, y algunas facultades están teniendo ya problemas para encontrar alumnos, no sólo por el descenso de la natalidad, como aducen algunos, sino por la falta de interés por muchas titulaciones.

En los departamentos universitarios se ha estado practicando desde hace muchos años un sesentayochismo que ha devenido en el rechazo del mundo empresarial. Claro que en las carreras de ciencias eso no se ha notado tanto, pero en la parte de letras (no olvidemos que dentro de la Universitat de València, por ejemplo, las letras son más fuertes que las ciencias, por los amiguismos políticos que se han ido generando) esa línea de pensamiento ha sido nefasta para los alumnos, que han sido educados en el rechazo hacia el capitalismo y no consiguen integrarse laboralmente, aunque tengan muchas cosas que aportar en una empresa. El resultado muchas veces es que un joven gasta demasiados años en aprender cosas inútiles y cuando sale de la facultad no interesa a las empresas porque su licenciatura no sirve para nada, porque es demasiado viejo para ponerse a aprender, y porque en su forma de vestir y de comportarse se nota el rechazo hacia el medio al que pretende incorporarse. Los licenciados en letras se convierten muchas veces en parados crónicos desde su juventud. Los más afortunados consiguen reciclarse trabajando en cosas que muy poco o nada tienen que ver con sus estudios. Los licenciados en ciencias lo tienen mucho más fácil, pero las empresas cada vez van a ser más conscientes de que el verdadero conocimiento está en sus oficinas, y que la formación de sus futuros empleados es algo que les interesa desde un punto de vista económico. De ahí a crear nuevas instituciones empresariales dedicadas a la formación, dejando de lado las universidades, hay sólo un paso.

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"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua".
Jorge Luis Borges


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