30 de septiembre de 2002
El fin de los directivos estrella (I)
Cuando, el noviembre pasado, el mítico ex presidente de General Electric, Jack Welch, recibía la visita de una periodista de la Harvard Business Review, poco se imaginaba los cambios que iban a acontecer en su vida y el escándalo que se iba a desatar.

Como si de un Clinton entrado en años se tratara, Welch se acostó con su entrevistadora esa noche, iniciando una relación que acabaría con una demanda de divorcio por parte de su mujer, en la que pedía la mitad de su suntuosa jubilación, que consistía en al menos 86.000 dólares al año, más el derecho a utilizar varios despachos e incluso el avión privado de la empresa a su antojo. Además, Welch podía seguir viviendo en un apartamento alquilado de Manhattan a cargo de General Electric (que costaba nada menos que 80.000 dólares al mes).

A partir de ahí, la sociedad norteamericana pudo saber las variadas e ingeniosas maneras que habían tenido algunos de forrarse sin ni tan siquiera poseer acciones de las empresas que dirigían. Los capitanes de los barcos no dudaban en acelerar contra el desastre si podían saltar antes con el botín.

Gente como Jeffrey Skilling, de Enron, o Bernard Ebbers, de WorldCom, no tenían reparos en falsificar balances para seguir subiendo en Bolsa, mientras construían increíbles blindajes para su jubilación, justo antes de que se desplomaran las acciones al descubrirse toda la trama. Enron, por ejemplo, perdió mil millones de dólares en el tercer trimestre de 2001, pero sus directivos se embolsaron 631 millones sin inmutarse. WorldCom, por su parte, tiene una deuda de 2.450 millones de dólares, pero eso no impide a Ebbers tener un bonito plan de pensiones por un millón y medio de dólares al año para toda la vida.

El amigo Jean Marie Messier, aquí en Europa, no se quedaba corto tampoco, con un sueldo de 5,12 millones de euros en 2001, para unas pérdidas de la empresa que él gestionaba de nada menos que 13.600 millones. Además, por marcharse de la empresa después de tan brillante actuación, pide una indemnización de 20 millones de euros.

Poco a poco han ido saliendo los contratos que habían firmado los directivos en medio de la bonanza económica. Entre los medios de comunicación y las hordas de nuevos inversores, que compraban acciones con sus ahorros según lo que les dijeran en la tele, estos señores se convirtieron en prima donnas que solicitaban todo tipo de lujos antes de mover un dedo.

Especialmente sangrante fue el caso del sector de las telecomunicaciones, que estaba soltando lastre a toda prisa para evitar el desastre, con 166.000 despidos en lo que va de año, y otros tantos en 2001, mientras que el salario de los presidentes crecía como la espuma. Joseph Nacchio, de Qwest, advirtió de que se esperaba un mal año para su sector, el de telefonía, mientras que acto seguido se adjudicaba un sueldo de 88 millones de dólares este 2002. Tan malo fue el año que la Fiscalía de EE UU les abrió una investigación por falsificación de balances que ha enviado a la lona a la compañía.

Tampoco se quedaba corto George Shaheen, que estaba al frente de una tienda de ultramarinos por internet (casi nada) que se ha visto abocada al desastre después de sólo año y medio de funcionar. Shaheen se aseguró una pensión de 375.000 dólares al año de por vida. Porque al bueno de Shaheen le gusta el riesgo, pero con el dinero de los demás, claro.

Stock options
Por en medio, otra vez, las famosas opciones sobre acciones, que se consideraban una forma de remuneración variable según los resultados y al final han sido las causantes de todo el fraude. La teoría era que los directivos tendrían buen cuidado de gestionar bien sus empresas si no querían que bajasen de valor las acciones. La práctica demostró que el directivo actuaba a corto plazo, engordando artificialmente el valor de las acciones y vendiendo cuando sabía que el montaje había llegado al final. Los accionistas se creían bien informados, pero claro, nadie tiene tan buena información sobre la marcha de una empresa que quien la dirige, y quien primero ve el precipicio es el primero que salta para salvarse, y eso es lo que estuvo pasando. Ahora mismo se piensa que no es bueno que los directivos tengan acciones, porque estarán tentados de manipular su valor.

Pero, ¿quién es el dueño de una empresa cotizada? Si las acciones de la empresa están divididas entre miles de pequeños accionistas y decenas de corporaciones que a su vez tienen el accionariado repartido en cientos de manos, quien dirige la empresa puede actuar a sus anchas y salvar los consejos de accionistas con unas cuantas cifras bien tergiversadas y cuatro amigos que, mediante regalías, le dan su apoyo.

Alguna propina debía de caer también para los analistas, que aconsejaban a unos y a otros la compra de acciones, cobrando comisiones por las transacciones. Esta gente sabía qué acciones iban a subir, pero no las compraba, sino que aconsejaba a otros que las comprase. Luego las acciones bajaban, claro, y ellos no eran responsables de nada. Mejor que hacer publicidad en la televisión era comprar a unos cuantos analistas que fuesen conduciendo el capital hacia tu valor sin apenas mirar ni las cuentas de la compañía.

Publicado en El Boletín de Empresas del próximo lunes.

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